Yo conocía El Prat de verlo desde la Autovía. Siempre ha estado ahí, a lo lejos, como si de un telón
de fondo se tratara, con su enorme cielo, sus fábricas imponentes y su particular olor.

Porque los que somos de la comarca (nací y vivo dos pueblos río arriba), cuando vamos al Prat
normalmente no entramos en el pueblo y nos quedamos en algún lugar de los alrededores. Y es que
para ir al aeropuerto, al Carrefour, a La Capsa, a la desembocadura del Llobregat o a las playas
modernas no hace falta entrar en el núcleo urbano ni relacionarse con la gente que vive allí.
Esa ha sido precisamente la primera alegría que me ha dado este proyecto:
Poder charlar cara a cara con personas del pueblo.

Cuando me plantearon participar en un proyecto en el que cantantes o grupos interactúan con la
población para producir algo conjuntamente, enseguida me vino a la cabeza la figura del escribano,
del amanuense, del que escribía cartas de amor para dos enamorados demasiado tímidos o poco
ilustrados. La idea era poner mi oficio haciendo canciones al servicio del los pratenses para que
cantasen a sus lugares.

Una vez formalizado el grupo de personas con las que iba a trabajar mi propuesta fue muy simple
“yo me doy un paseo con cada uno de vosotros y me lleváis por donde os parezca, me explicáis
vivencias, recuerdos, habladurías o anécdotas vinculadas a ese espacio, y yo de eso hago una
canción”.

Curiosamente todos me hablaron del lugares o cosas que ya no existen.